“La era de la información”
“La era de la información”. Ufanamente hemos bautizado así “nuestra era”, probablemente por que no tenemos un evento trascendental mayor para definirla, como dice Tyler Durden
“… Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida…”.
Y si deseamos sustentar tan ambicioso nombre para la época no hay mejor emblema que Internet. Nos jactamos de la excesiva cantidad de información que está ahí, accesible a todos, al instante, lista para ser usada… Sin embargo eso es lo que hace falta.
Empecé a hacer uso de esta maravilla al rededor de 1997, cuando Internet era joven, y en esta ciudad era algo tan nuevo que prácticamente pasaba desapercibido por no encontrar una utilidad inmediata o relevante por muchos. Desde entonces estuve maravillado con la cantidad de información disponible, aunque frecuentemente no encontraba resultados satisfactorios a todas mis búsquedas e incluso me podía jactar de haber realizado una búsqueda que Internet no pudo responder; entonces me daba cierto orgullo subir esa información, y sentía que era parte de este nuevo medio, que ayudaba a enriquecerlo. Por alguna razón siempre fue ética esa labor, con bibliografías y todo.
En ese entonces no existía Google como tal, apenas había sido registrado el dominio y no entraría en funcionamiento hasta el año próximo, obviamente no con el poder que tiene ahora, a mi parecer era deficiente. Las búsquedas de información se hacían de una manera más artesanal, utilizando diversos buscadores que ahora ni se recuerdan, dirigiéndose a los sitios en específico y a vínculos que proporcionaban los mismos, convirtiendo la navegación en una especie de cadena o camino; incluso me aventuraba a inventar URLs que me llevaban a sitios que sólo saltaban más dudas.
Todo esto también llevaba mucho tiempo, contaba con la asombrosa velocidad de conexión que fluctuaba entre 48k-56k por medio de un módem telefónico que tardaba entre dos y tres minutos para el marcado y conexión, fue parte de la pesadilla para mis padres dado que la línea telefónica estaba inutilizada mientras estuviera “en línea”. El tiempo era de tal magnitud que para cargar sitios de sólo texto podía dar click en el vínculo, bajar dos plantas, prepararme un snack y regresar para ver cómo terminaba de cargar.
Ahora podemos basarnos en críticas para saber si instalamos un programa o no; las cosas eran más personales, por ejemplo, Internet Explorer nunca me ha gustado así que lo cambié por Netscape, navegador del cuál probablemente muchos no hayan escuchado hablar; y la más representativa de las pruebas: Linux.
Comencé con la versión Red Hat, para la cuál tuve que comprar dos cajas de disquetes de 3 1/2 y tardar al rededor de ocho horas para bajarlo, interminables para instalarlo y entenderlo. Probé otras versiones jóvenes como OpenSUSE, Mandrake… Hoy en día Fedora, Debian y Ubuntu son la gloria comparadas con las que inicié.
La razón por la cuál pasé tanto tiempo en eso fue porque en una ocasión vi una comparación de Linux con Windows y iOS; Windows lo entendía, iOS también, pero no Linux. Pasé buen tiempo informándome sobre el sistema operativo, pero lo que encontré no llenó mis expectativas, no había mejor solución que verlo por mi mismo, y así fue.
Mi punto: Somos una sociedad que tiene mucha información, lo que no tiene en la misma cantidad es razón, necesitamos hacer algo con toda esa información, crecer a través de los resultados que podamos obtener de ella; de nada nos sirve que esté ahí si no se ocupa. Verbi Gratia, tengo más de 10 Gb de libros médicos, tengo la información, la puedo leer, memorizar, pero si no la razono ni la aplico, de nada sirve; no importa la cantidad sino lo que se haga con ella. Basado en un comercial hago el siguiente ejemplo sobre diabetes; en un folleto o panfleto podría incluirse lo que un paciente debe saber sobre los cuidados, tratamiento, precauciones y posibles complicaciones sobre la enfermedad, y no dudo que exista tal, sin embargo, si lo ocupa como porta-vasos para su Pepsi de 2 litros que consiguió al ordenar el paquete familiar de receta secreta en KFC (con ensalada y complementos) y ocupa las hojas de dicha información como servilletas… He ahí la inutilidad de la información por sí sola.
Es necesario que haya impacto, motivación, emoción, conmoción e incluso necesidad para ejecutar el proceso de razonamiento, de interés y asimilación de información.
Retomando el ejemplo de la diabetes y relacionándolo con un especial sobre Willie Colón, hagamos la comparación de la diabetes con el SIDA.
En ese comercial hablaban sobre una persona con glicemia elevada, quien despreocupadamente decía “pues sí, pero no me duele”, el SIDA tampoco duele, de ahí que se haya vuelto epidemia y las personas sean portadoras sin saberlo; sin embargo hay una gran diferencia, la sociedad.
A un diabético la sociedad no lo nota “enfermo” (al igual que un paciente con VIH), le dan a bienvenida en cualquier centro de comida rápida, es contratado sin problemas porque la enfermedad no es contagiosa y para enorme desgracia, por lo menos en México, se toma ya como algo normal, prácticamente se encuentran dos diabéticos y en vez de juramento de sangre hacen juramento de insulina (quien lleva tratamiento, quien no lo lleva seguramente podría hacerlo con un par de rebanadas de pizza).
El VIH tiene otro punto de vista muy distinto, los pacientes son vistos como si llevaran veinte kilos de explosivos plásticos y estuvieran fumando, muchas personas creen incluso que el virus es transmitido por aire, por saliva, por contacto y seguramente hay quien cree que hasta por teléfono; lo que me lleva a recordar ciertos tweets de cierta bloggera de fama internacional, en los cuales menciona a un homosexual que sube al metro para pedir apoyo monetario que sería destinado a una asociación para la ayuda a pacientes con VIH/SIDA, la cuestión es que una mujer fue extremadamente despectiva con este personaje, pero sobre todo ignorante y déspota; en respuesta el paciente escupe en los zapatos a la señora y ella gritando angustiada decía que había sido contagiada y que prácticamente veía su muerte inminente. Acto seguido, la bloggera, también indignada por lo déspota que fue la señora, le dice que la enfermedad no es contagiada por saliva, a lo cual esta “señora” responde groseramente y con una mentalidad muy cerrada.
¿Para qué queremos ser la “Era de la información” si no hacemos nada con ella? En lo personal me incomoda no saber algo que me causa curiosidad o me es de utilidad y no solamente la información puntual, sino sus relaciones con temas similares, soy un junkie de la información; pero me molesta más no entender las cosas, he memorizado cosas que “me han sacado del apuro” (sic) pero me enoja el hecho de no decirlas razonadamente, y me vuelvo obsesivo-compulsivo con el tema hasta que lo he entendido.
No digo que sea un modelo a seguir, de hecho me considero muy lejos de serlo, pero creo que por el bien de nuestra sociedad, y me atrevería a decir, de nuestra especie; debemos ser conscientes del poder y facilidad que tenemos actualmente para obtener un gran avance o por lo menos para salvarnos o salvar el planeta, que por donde lo veamos, ya sean guerras, desastres ecológicos, accidentes, revueltas, malos gobiernos, rebeliones, o simplemente sintonice las noticias… Puede ser cambiado mediante el razonamiento de la información.
El tema es infinitamente largo y abierto a debates maratónicos.
Hago torundas. Sí, esas bolitas, “almohaditas”, “malvaviscos” embebidos en alcohol; que al parecer no eran tan fáciles como se pensara, no solo es hacer bola el algodón.